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miércoles, 16 de marzo de 2016

55. [S.Th.] [Reflexión] La caña y el roble


«Se puso Jesús a hablar de Juan a la gente: «¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido? ¡No! Los que visten con elegancia están en los palacios de los reyes. Entonces ¿a qué salisteis? ¿A ver un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta.» (Mt 11, 7-9)
Juan el bautista, habitaba en el desierto luchando contra los vientos. Él no sólo no era ninguna caña agitada por el viento, sino que se oponía a ellos con fuerza. ¿Cómo son las cañas del desierto, aquellas que son agitadas por el viento? En las célebres fábulas de Esopo encontramos una descripción animada de la caña. Algo así como la experiencia fundamental de ser caña. Las cañas dicen: nos doblegamos ante el menor soplo de aire, y, por lo tanto permanecemos intactas y nos salvamos.

La caña y los vientos


Tipología de la caña
La caña quiere salvarse a sí misma. Busca salvar su vida y para ello se doblega ante los vientos, tanto frente a aquellos vientos férreos y violentos como ante el menor soplo de aire. La caña se entiende con el viento, se deja llevar por él. Se mueve con él y en él. Adapta su existencia, su acción e incluso su figura a ellos. La caña ha hecho una alianzacon los vientos, será determinada por ellos y a cambio salvará su vida y permanecerá intacta. Existirá sin dirección precisa sino que su camino, su sentido, su vida misma está conducida por algo fuera de sí que la domina y la controla: los vientos.
Los vientos violentan
¿Los vientos, hacia donde soplan? ¿Qué son los vientos? Los vientos del desierto, aquellos a los que se refiere Jesús en este relato son peligrosos para Juan. Son peligrosos para todos. Pueden significar muchas cosas. Pero todas ellas coinciden en algo: ejercen violencia contra la persona para arrancarlo del Reino de los cielos: «Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan» (Mt 11, 10).
Los vientos quieren herir el corazón
¿Pero, esta violencia a dónde llegará? Llega desde luego a la piel de la existencia pero queriendo conquistar algo más: el corazón. Es el corazón el que recibe toda la violencia que quiere arrebatarle el Reino de Dios: el Reino del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; la comunión nueva y sobrenatural con Dios que da la verdadera vida.
Por este motivo los vientos conllevan siempre una mentira: la alianza con ellos ofrece una aparente salvaguarda de la vida, pero en realidad arrebata la vida auténtica, reduciendo al hombre a la condición de caña, manipulada y sin frutos. Los vientos buscan conquistar el corazón y, para ello, lo violentan, pero no lo obligan, reclaman la libertad: la libertad sometida de la caña.
Los vientos son primeramente los ídolos: ellos no sólo usurpan el lugar de Dios en el corazón del hombre sino que también usurpan la dignidad misma del hombre, reduciéndolo a un junco vacío y pobre. Las férreas tempestades de los ídolos azotan el corazón del hombre, desde los días de los primeros padres hasta nuestros días. Sus nombres son diversos: riquezas, honores, famas, placeres, vanaglorias, y muchas ventiscas semejantes. A ellas se opuso Juan el Bautista no con sus méritos ni con sus cualidades sino con el don divino, con la fuerza de la Palabra: «Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza.» (Dt 6, 4-5)
Los vientos son seguidamente las modas: el espíritu del mundo. Los vientos soplan un día en una dirección y al otro día en otra. No permanecen, son efímeros, frágiles, volátiles, fluyen siempre y sin sentido fijo. Coinciden todos ellos en una unidad superficial: la mundanidad siempre propone al hombre una vida fácil, desanimándolo a la vida ardua y esforzada (Santo Tomás de Aquino, Exposición del Símbolo de los Apóstoles, Prólogo). La mundanidad anestesia el alma (Francisco, Homilía del 5 de Marzo de 2015), la hace pusilánime, le roba la magnanimidad y tanto para sí misma como para el otro la clausura en la indiferencia respecto al bien.
El espíritu del mundo genera tantas modas que buscan llegar sutilmente al corazón y debilitarlo para arrebatarle su lugar a Dios. Son cómodas, enemigas de la virtud y del sacrificio. Son confusas y seducen normalmente a través de las vanidades e incluso de la exaltación exuberante del hombre mismo. Normalmente no vienen solas, están al servicio de los vientos primordiales que son los ídolos, siendo el más destructivo el llamado egolatría: «hay muchos ídolos y también hoy en día hay tantos idólatras, tantos que se creen sabios... y se han vuelto necios, y cambian la gloria de Dios incorruptible por una imagen: el propio yo, mis ideas, mi comodidad.» (Francisco, Homilía del 15 de Octubre de 2013)
Los vientos son conjuntamente las pasiones: la carne. Si la violencia exterior de los vientos fuera poco, la violencia exterior se encuentra con un aliado interior: la carne (Gal 5, 17). El corazón del hombre herido por el pecado no tiene dominio pleno de sí mismo (Jer 17, 9; Rom 7, 19) y recibe constantemente la violencia de las pasiones que en ocasiones lo orientan tanto a los ídolos como hacia la mundanidad. Tales vientos revelan su debilidad más fundamental: el egoísmo.
Su debilidad sopla fuerte usualmente en tres direcciones: la concupiscencia de la carne que lo inclina por encima de todo a los placeres; la concupiscencia de los ojos que lo inclina por encima de todo a poseer, a atesorar, a enriquecerse y a dominarlo todo; la concupiscencia del alma, la soberbia de la vida, que lo inclina por encima de todo a amarse a si mismo hasta el desprecio del prójimo y hasta el desprecio de Dios. «Todo lo que hay en el mundo, concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y orgullo de la vida, no viene del Padre, sino que procede del mundo. Y el mundo pasa y también sus concupiscencias»( 1 Jn 2, 16-17)
Los vientos son conjuntamente las tentaciones: el demonio. El demonio conoce lo frágil que es el corazón del hombre y desde el principio del mundo hasta nuestros días se esfuerza por arrebatarlo y convertirlo en junco, en caña estéril y mundana. Lo hace principalmente a través de la mentira, de la confusión y del engaño apelando sutilmente a las pasiones para doblegar al hombre, alejarlo de Dios y entregarlo al mundo. Y no se cansa de soplar. Y sopla en todas direcciones. Y su fraude consiste en que falsifica la verdad divina, no piensa según Dios sino que rige el pensamiento mundano buscando hacer caer a todos (cfr. Mt 16, 23).

Juan: el roble del desierto

El pequeño encuentro. Juan no comenzó su existencia siendo un roble. Como todos nosotros inició su camino por este mundo con un corazón herido por el pecado y una gran fragilidad lo acompañó durante toda su vida. Pero algo sucedió en él. Era todavía muy pequeño cuando se encontró con Cristo. Un encuentro misterioso que a él lo transformó, lo renovó, y lo hizo saltar lleno de gozo. Lo hizo elevarse, un poco, hacia la gloria de Dios. Lo cierto es que él quedó, desde ese momento lleno del Espíritu Santo: «estará lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre.» (Lc 1, 15)
La lucha de Juan. Allí empezó la purificación de Juan, purificación que sólo puede obrar el Espíritu Santo. Allí, en el vientre materno, Juan empezó a rechazar los vientos de este mundo y a dejarse llevar no como las cañas hacia los ídolos, sino como los robles hacia lo alto, hacia el Dios verdadero por la fuerza de un nuevo soplo: el murmullo de una brisa suave (1 R 19, 13-15), la brisa del Espíritu vivificador. Una purificación y santificación que no mira los méritos sino el amor: un don, orientado a la misión única para la cual Dios mismo lo consolida como un León: «Y a ti, niño, te llamaran Profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados.» (Lc 1, 76)
El don y la promesa de la gracia. Pero Juan había recibido una semilla pequeña. Un gran don y a la vez una promesa. Tan pequeña como la semilla de mostaza (Mt 13, 31-58; Mc 4, 30-32; Lc 13, 18-19). Pero tan llena de vida como para elevar un roble fortificado y trasplantarlo al desierto. La semilla sembrada en su corazón aquél día de la Visitación tenía que crecer y desarrollarse precisamente en la lucha contra los vientos: «A medida que el niño iba creciendo, le vino la fuerza del Espíritu. Vivió en lugares apartados hasta el día en que se manifestó a Israel.» (Lc 1, 80)
La disciplina del roble. Desde pequeño fue apartado del Espíritu del mundo (Lc 1, 14-15) y fue forjado en la ascética, aquella disciplina antigua y olvidada que fortalece el alma para luchar, para no acabar en caña. Desde pequeño fue instruido en la oración. Tuvo por riqueza la pobreza; por alimento despreció los manjares y aceptó la penitencia; y por compañía el silencio. Allí, se fortalecía su Espíritu en la gracia de aquél que había depositado una pequeña semilla en un pequeño corazón de profeta. Pero el silencio nunca lo hizo callar, porque su misión era ser la voz que invita a la conversión para recibir el reino. ¡Misión que sigue viva!
La humildad del roble. «Salió el sembrador a sembrar su semilla.» (Lc 8, 5) Había sembrado en aquel pequeño la palabra, y la seguiría sembrando: se sembraba a sí mismo aquél que es la Palabra de Dios en el corazón de su siervo Juan. Pero aquella Palabra sembrada debía de ser custodiada y protegida del diablo que quería arrancarla (Lc 8, 12), y debía desarrollar unas raíces profundas (Lc 8, 13). Las raíces profundas iban edificándose sobre la humildad de Juan. Porque es la humildad la que abre las profundidades del corazón y hace posible el amor, el abandono y la perseverancia.
Al servicio de la Palabra. Juan es siervo de la Palabra, con fidelidad y con celo amoroso porque ha recibido la Palabra en las profundidades de su corazón con grandísima humildad. A pesar de su creciente popularidad negó ser el Mesías (Jn 1, 20), y señaló que él no era digno ni siquiera de postrarse ante el Cristo para desatarle las sandalias (Lc 3, 16). Él mismo afirmó que su último ministerio consistía en desaparecer (Jn 3, 30-31). ¡Juan es el que desaparece siempre, para que aparezca la Palabra! Juan no quiere salvarse a sí mismo, sino perderse en el Señor.
La casa edificada sobre roca. Juan no se entiende con los vientos, no se deja llevar porellos, no se mueve con ellos ni en ellos. No adapta su existencia ni su acción, ni su figura a los vientos. Tampoco deja ni que las pasiones, ni que las preocupaciones (Lc 8, 14) sofoquen la Palabra que ha recibido. ¡No, este no es Juan! Juan se deja llevar por la Palabra de Dios, se mueve con ella, se mueve por ella, se mueve en ella: toda su existencia, su acción y su figura es edificada en la roca firme de la Palabra (Lc 6, 48-49). Por eso Juan llega a ser un roble maduro y no una caña. Ningún viento lo domina, sino solo aquel soplo suave del Espíritu lleno de unción que acompaña siempre la Palabra.
Testigo de la verdad. La alianza de Juan no es con los vientos, sino con la Palabra de Dios, con Dios mismo que envía su Palabra, por eso crece alto. De la Palabra de Dios, de Cristo, del cordero de Dios que lo purifica de su pecado (Jn 1, 29), recibe su camino, su dirección, su sentido y su vida misma. Nada pone Juan. Nada quita Juan. Él sabe que no es elegido ni por su ingenio ni cualidad, sino por Dios. Él escucha y acepta, obedece con humildad y sólo así llega a ser testigo de la verdad. Juan, a pesar de ser la voz, no tiene palabras propias, es voz de aquel que lo ha enviado, y vive su ministerio profético con reverencia absoluta y santo temor (Mt 3, 14) a aquél que lo consagró desde el seno de su madre (Jer 1, 5) y que lo hizo su precursor.
El sentido del desierto. El desierto, en donde lucha Juan es el lugar de la prueba (Dt, 8, 2; Mt 4, 1-11; Lc 4, 1-13). Es el lugar fatigoso por el que se camina a la tierra prometida (Ex 13, 17-18). Es el lugar del amor (Os 2, 14). Allí, se experimenta la debilidad con toda su tragedia: la herida del pecado. Pero precisamente por ello, es en el desierto donde se experimenta la fuerza de la gracia y el poder de Dios. Un roble no puede crecer en el desierto, sin agua, sin vida. Pero Dios lo hace crecer. Lo fortifica para que sea bello como el cedro y fuerte como el roble. Y esto lo hace como soberano absoluto, restableciendo la vida donde se ha perdido (Is 43, 19) y haciendo nuevas todas las cosas (Ap 21, 15).
El corazón del roble. Del corazón del roble hace fluir un manantial de agua viva (Jn 7, 38) para sostenerlo en la lucha. Dios lo fortalece (Flp, 4, 13) para que sea roble: él no da la gracia ni a Juan ni a nadie para que permanezca caña. Pero el desierto, en donde se eleva el roble, es también el lugar de la adoración (Ex 7, 16). La caña rinde honores a los vientos, les da su corazón. El roble le ha dado su corazón a Dios y sólo a Él: glorifica a Dios con los frutos que él mismo le concede dar.
Los frutos del roble ¿Cuáles son los frutos del roble? El roble da un fruto distinto al de la higuera (Lc 13, 6-9), al de la vid (Mt 20, 1, 16), o al del trigal (Mt 13, 24-30). Sólo tiene algo que ofrecer: a sí mismo. El fruto del roble es su propia madera. Y el roble del desierto tuvo que ser cortado (Mc 6, 14-29; Mt 14, 1-12 ; Lc 9, 1-9) para glorificar a Dios y preparar el camino del Señor. Primero lo preparó con su voz, después con el agua, después con su sangre. Y es así como el roble vence a los vientos, amando hasta el final: perdiendo su vida se une al árbol de la cruz y en ella alcanza la verdadera vida (Jn 11, 26). En el árbol de la cruz, unido al corazón del crucificado que lo amó tan entrañablemente, él también es trigo molido (Jn 12, 24) y vino nuevo.