CATEGORÍAS: En esta sección encontrarás las publicaciones clasificadas según su género.

martes, 6 de marzo de 2012

3. [Ph.] Las tentaciones filosóficas: solipsismo y eclecticismo - (I)


"..el espíritu filosófico, que camina en busca de la verdad, dase cuenta de que los sistemas filosóficos son generalmente verdaderos en lo que afirman, pero falsos en lo que niegan, porque la realidad es más rica que todos ellos. Comprende, en consecuencia, que hay doctrinas manifiestamente erróneas y opuestas entre sí, que son como los extremos de la base de un triángulo o de una pirámide. De ahí que se sienta inclinado a buscar la verdad en medio y por encima de esos dos extremos que representan las divagaciones del error. Y al ir adelante en su ascensión, encuentra a medio camino el oportunismo de los eclécticos que toman ciertos principios de los sistemas contrarios, mas carecen de un principio director. Finalmente el espíritu filosófico busca la verdad en las alturas que dominan a la vez las extremas posiciones erróneas y el eclecticismo que nunca sube más de la mitad de la cuesta." GARRIGOU LAGRANGE, R. El sentido del misterio, pag. 110

En esta reflexión, que retoma una idea de Leibniz, Garrigou Lagrange ha sintetizado la tarea del filósofo y lo pone en guardia frente a sus desviaciones más perjudiciales. 

a. los sistemas filosóficos son generalmente verdaderos en lo que afirman... 
En esta proposición simple y contundente se afirma la validez perenne de las ideas que han resultado ser adecuadas en la explicación de los fenómenos humanos. 

Se trata de una afirmación de la validez de los juicios y argumentaciones adecuadas más allá de las circunstancias históricas y culturales en las que han surgido. Por lo tanto expresa la convicción de la estabilidad metafísica de la realidad y de la capacidad humana de entenderla. La natura humana en cuanto a principio de operaciones es una potencia activa dispuesta para aprehender el ser en todas sus manifestaciones, desde las menos densas hasta las más densas que son las personales y la del Ser Necesario, afectarse por él y ser atraído hacia él para su propia realización. 

Tal natura es universal y se realiza en sus notas esenciales  en la mismísima personalidad de cada uno de los hombres. Es en cierto sentido estructura trascendental, pues es previa a toda operación, reside en el ser, es a priori a toda experiencia y es formal en el sentido de que es en sí misma anterior y determinante a sus particularidades existenciales. 

Su apertura radical al ser es capacidad de adecuación, de semejanza, de hacerse en el ser, de medirse por él, y  tal relación, aunque sucede constitutivamente en el sujeto que es "en sí" inefable, en su núcleo "inter animam et res", es expresable, comunicable, comprehensible, e interpretable por otro sujeto realizado en la misma natura. Y como el sujeto humano es capaz de aprehender universalmente el objeto, tanto la universalidad de la noción que aparece en la conciencia después de su concepción, como la comunidad de naturaleza en la especie humana hacen posible que los juicios sean objetivos desde el punto de vista de la cosa y del sujeto. 

El lenguaje es mediación simbólica y como tal es pura convención referente a la noticia o idea que es semejanza real y significativa de la cosa juzgada. De modo que la comunicación significativa tiene su condición de posibilidad en la estructura humana que es semántica en cuanto a es capaz de conocer, de hacerse a la realidad. Esto explica por que el asentimiento del juicio no se detiene en la consideración de la conveniencia de relaciones de las palabras, sino en las ideas, no en el referente sino en la referencia. Ahí es dónde el acuerdo de los espíritus trasciende la contingencia de los referentes y de los contingentes y versa sobre el ser que está latente en la cosa manifiesta.

b.  pero falsos en lo que niegan, porque la realidad es más rica que todos ellos...
Los juicios pueden ser justos, adecuados, verdaderos. De hecho la convicción es más profunda, la podríamos expresar así: la mayoría de los filósofos han hablado con verdad en lo que han afirmado. Sin embargo, el corpus de pensamiento de un filósofo, no se reduce a sus juicios afirmativos, a sus composiciones, sino que junto con ellos están una serie de juicios negativos, divisiones, que dan unidad a su comprensión del mundo.

El mismo principio de no contradicción requiere su formulación positiva y negativa: εστι γαρ ειναι μηδεν ουκ εστιν, el ser-es, el no ser-no es. De modo que si bien es fácil un espíritu fino predique con justicia un juicio afirmativo, los juicios negativos que versan sobre el no-ser son más huidizos porque se fundan siempre en las relaciones de privación que tienen su solidez en el ser. La ausencia y privación de ser es conocida en relación al ser y el ser es por mucho más perfecto que nuestra conciencia de él. Por esta razón tendemos a separar lo que está unido y a negar lo que aparenta ser negable. Y en las negaciones que no serían predicaciones "universales" sino en sus aspectos afirmativos, tendemos a reducir la realidad a nuestra comprensión de ella. Esto a veces por precipitación, falta de rigor o de método o bien por los condicionamientos precomprensivos, los prejuicios, que muchas veces pueden tener su fuente no en los actos del entendimiento en sí mismos, sino en las actitudes morales, afectivas o sentimentales. Pero independientemente de la causa del error el hecho es que los reduccionismos son muy comunes en filosofía incluso en los grandes pensadores. El reduccionismo consiste precisamente en negar un aspecto o varios de la realidad sin hacerle justicia a su objeto. La realidad es más rica que todos ellos.

c. la tentación del solipsismo
Ante la gran luz que produce la certeza de las afirmaciones adecuadas, el espíritu queda cautivado en el asombro y puede incluso cegarse para la visión de otras aproximaciones que dada la riqueza de la realidad pueden ser también adecuadas e incluso más altas y profundas. Es una tentación real y siempre amenazante en el caminar filosófico. 

La metáfora de la "scordatura"
Cuando hemos escuchado la afinación adecuada a nuestros oídos, y nos hemos acostumbrado a ella, podemos llegar a pensar que es la única afinación posible y cerrarnos a la escucha, que al ser cerrazón al dialogo es suicidio del λόγος. Pero aunque la armonía es la misma y las leyes de la música son universales, un mismo instrumento admite varias afinaciones que pueden coexistir en la misma sinfonía. Las "otras afinaciones" enriquecen la propia experiencia de verdad en cuanto a que hacen justicia a la realidad que es más grande que mi aprehensión de ella, que por más alta que sea, es muy pobre. La escucha del "otro" en sus afirmaciones válidas es el acceso del espíritu a una posible "scordatura", afinación más alta, que induce a la elevación, pues la contemplación del prójimo es, frente a la mía, aunque distinta y en principio ajena, muchas veces justa. Sobre todo los grandes maestros afinan en "scordatura", sus tonos son más altos y frente a ellos nos sentimos extraños. La solución no es renunciar al "tuti" o al "solo" que le toca a cada quien sino el poder integrarlos y apreciarlos en la unidad que les da la riqueza de la realidad que comunican. Este solipsismo rara vez es del "ego" normalmente es un solipsismo de escuela, de tradición, de elección. Está muy lejos del espíritu filosófico auténtico. 


d. la tentación del eclecticismo
Por otro lado si se tiene en cuenta la veracidad de lo que los filósofos afirman, no se tiene en cuenta las posibles reducciones y se piensa que todos los sistemas son armonizables, fácilmente se cae en otro peligro: intentar unir lo que no se puede unir, integrar lo que está separado, copular lo contradictorio. La síntesis es una tarea irrenunciable. El filósofo tiene que tener la capacidad de darle unidad al saber. Tiene que atreverse a contemplar sus juicios "secundum quid" a la luz de la verdad "simpliciter"  que fragmentada en distintas argumentaciones y tradiciones goza de una unidad intrínseca que es objeto no sólo de predicación discursiva sino de elevación intelectual y por qué no mística (Bergson). Pero para ello necesita una sutileza artística, virtuosa, que le ayude a poder, con base a la experiencia humana total y a la Realidad siempre desbordante, unir lo que está unido y separar lo que está separado. Por eso la "luz" no está en el "punto medio" entre las proposiciones contradictorias, sino en el examen crítico de todas ellas que sepa integrar lo adecuado, reconozca sus alcances, glorias y limitaciones, pero al mismo tiempo con sensatez supere las reduccionismos y las falsas síntesis.

 e. el espíritu filosófico busca la verdad en las alturas que dominan a la vez las extremas posiciones erróneas y el eclecticismo que nunca sube más de la mitad de la cuesta.
en el siguiente post...